Él era uno de aquellos a los cuales las esperanzas se les arrebatan desde pequeños. Él era uno de aquellos que nunca podrían sentirse iguales a los demás, porque los demás no se lo permitían. Pero él nunca había deseado ser de aquella manera. Nunca se había aislado para encerrarse en su propia soledad, todo lo contrario, los demás lo habían rodeado de ella. Le habían hecho saber que siempre se encontraría así, confinado en aquella muralla imperturbable y monótona hasta que se acostumbrara al aspecto de las frías piedras, de los ladrillos compuestos por aislamiento y desilusión.
Siempre le había importado, no lograba quitar de su mente los comentarios de todos sobre él. Se sentía juzgado y subestimado. Es que nadie podía comprender que su vida transcurría en matices diferentes. Los matices de aquella anomalía que había burlado el ingenio de todos los médicos. Habían tratado de darle un sin fin de explicaciones consiguiendo provocar sólo más desesperación y desasosiego en su corazón y en el de sus padres. Lo único que le habían afirmado era que no había cura posible por ningún medio que se hubiera hallado hasta el momento. Entonces él había pasado así su vida, su niñez, su adolescencia, hasta llegar a la adultez. Siempre marginado sin entender por qué, viendo su imperfección como una condena. No podía distinguir el celeste del cielo como todos, cuando los demás veían las hojas verdes de los árboles y elogiaban el cuidado de estos, él solo distinguía una horrible vegetación turquesa. El vasto mar azul al que su familia iba todas las vacaciones de verano, él lo veía de un púrpura que lo colmaba de terror.
Desde pequeño había sufrido de aquello, aunque sus padres no se habían percatado hasta que había comenzado a hacer sus primeras ilustraciones. Es una tradición enseñarles a los pequeños los colores de los objetos. Al no tener noción de nada más que de las fraternales palabras paternas, los niños suelen aprender los nombres de las tonalidades fácilmente y luego se fijan en la mente de una manera instintiva.
Aquella costumbre ocasionó un gran problema en él. Siempre le inculcaron que el cielo era celeste, las rosas rojas y las nubes blancas. Pero él veía al primero lila, a las bellas flores marrones y los limpios nubarrones grises. Por eso todo estaba oscuro para él, siempre. Cuando había tenido edad suficiente para volcar su creatividad en el papel lo había hecho pensando que el lila se llamaba celeste, el marrón era el rojo y el blanco era el gris. Orgulloso de él mismo les había mostrado a sus padres su obra maestra y en aquel momento todo había comenzado. Las visitas al médico, los gritos de su padre, los llantos matutinos de su madre. Al crecer le habían explicado que los pigmentos que lograba ver no eran los mismos que el resto del mundo.
Su vida estuvo repleta de soledad y desengaños. Su alma, al principio inquieta y con fervientes deseos de salir de aquel oscuro hoyo, dejó de luchar y se abatió debido a la costumbre. No conoció la reconfortante satisfacción del apoyo de un amigo, ni el amor leal y ardiente de una mujer. Esas penurias debió sufrir, esas y muchas más. No lograba entender el motivo de los demás para colocarle aquel rótulo. La única razón por la que todos le daban la espalda era el simple hecho de que su mundo, su existencia, pasaba en diferentes colores. Pero aquello no debía ser nada incomparable a lo que podría ser un punto de vista diferente. En vez de opinar distinto sobre ideología, política y otros temas de profundidad, él sólo discernía en las tonalidades de las cosas. Consideraba que era mucho más fácil para la sociedad aceptar tan pequeña diferencia, pero no le demostraban aquello.
Sólo hubo un día de trascendencia para él. Pisaba los treinta años. Era una noche de invierno y caminaba por las gélidas calles de la ciudad. Sin embargo no era el tiempo lo que las enfriaba, sino la quietud y la indiferencia. Pasaba por enfrente de bares y hoteles pero aunque nadie lo conocía, sentía que podían verlo. Ver aquella imperfección extraña en sus ojos, el brillo inusual en sus negras pupilas. Todos lo notaban, se percataban del infierno que estaba viviendo y no estirarían su mano para ayudarlo a ver la luz del sol. El cielo oscuro, púrpura a través de sus ojos, reclamaba con relámpagos la falta de estrellas. Las calles grises, según su vista negras, lo llevaban a sumirse en la más profunda penumbra. En aquel momento logró distinguir un pequeño fulgor en medio de la acera. Era un objeto minúsculo, no lo hubiera percibido si no hubiera sido por su centelleo deslumbrante. Tomó aquello entre sus manos y supo al instante que era un anillo. No había visto muchos de esos en su vida. Prácticamente no salía de su hogar, por lo que no los observaba en los escaparates de las tiendas. Sólo había distinguido uno de esos en las manos de su madre, pero nunca se había atrevido a preguntar. Era del mismo color que el que ahora tenía entre sus manos, aunque quién sabría su verdadera tonalidad. Nunca había podido discrepar bien los nombres de los pigmentos debido a que nunca había podido describirlos para enterarse de cuáles eran. Después de todo ¿Quién es capaz de describir un color con exactitud? Si a alguien le preguntaran ¿Qué es el verde? Uno no podría contestar nada más que: la mezcla del amarillo y el azul. El problema es cuando la otra persona tampoco sabe qué es el amarillo y qué el azul. Atinó a detener a una joven pareja que pasaba.
- Disculpen ¿Me podrían decir si no les molesta de qué color es esto? – preguntó con la mayor cordialidad posible
- Es un anillo, es dorado, de oro – respondió la muchacha en tono dulce.
- Gracias. Si fuera tan amable ¿Me podría describir de alguna manera ese color?
- ¡Pero qué le sucede! ¡Está ciego! Es brillante, amarillo con marrón. No sé que más decirle – esta vez fue el hombre quién habló en un tono mucho más rudo.
- Les agradezco – fue lo único que él respondió.
No salía de su asombro. De pequeño había ido a un doctor que lo había ayudado bastante con la identificación de los matices. No había logrado mucho pero en ese momento supo que aquella pareja había visto lo mismo que él. Así que aquel anillo era dorado. Pocas veces había oído de aquel color. Preguntó a varias personas más para cerciorarse y pronto estuvo seguro. Al fin podía distinguir algo como los demás. Si su vida se basaba en aquella tonalidad, ya no tendría cualquier otro punto de vista.
Los siguientes años los vivió como un ermitaño encerrado en su departamento, convencido de que aquella era la única forma de insertarse. No sabía que estaba logrando lo contrario. La obsesión había consumido su mente. Ordenó pintar su casa de dorado. Paredes, techos y muebles. También cubrió de ese color su cama, sus sillones y todos los accesorios incluido su guardarropa. Las pocas personas que iban a verlo, sus padres y un tío, siempre entraban al lugar comentando su extraña fijación con el “dorado”. Pero ni siquiera sospechaban que aquellas palabras, en vez de advertirlo, le daban aliento para continuar. Pasó el tiempo y su lucidez fue desapareciendo. Ya no leía, ni escribía ni oía la música que le agradaba, todo el tiempo pintaba las paredes y el techo para que no perdieran el brillo del color.
En aquella dorada casa sus días llegaron a su fin. Una mañana su madre fue a visitarlo y lo encontró acostado en su cama con una lata de pintura y un pincel en la mano. Su cara poseía una expresión pacífica. Al parecer un ataque al corazón lo había sorprendido en su actividad diaria. Su funeral se llevó a cabo en un pequeño cementerio del barrio y no asistió más que su familia más íntima. El departamento y el poco dinero en su posesión fueron dejados a sus padres.
Por supuesto nada de trascendente dejó para la humanidad, ni fue reconocido, ni cambió el mundo. Aunque tal vez si nos situamos en el inicio del planeta, en los viejos tiempos cuando las primeras civilizaciones comenzaban a formarse. Los intelectos humanos iniciaban su modelación, el principio del habla, de la escritura, de la música. Pensemos en un par de sabios de aquella época, respetados hasta por el último hombre en el pueblo. Si estos hombres decidieran que los colores del mundo no eran los correctos ¿Quiénes se atreverían a contradecirlos? Entonces se inventaba la pintura, los pigmentos se mezclaban y los sabios podían darles nombres a los nuevos matices e indicarle al resto de la sociedad de qué color sería cada cosa. El cielo gris de día y púrpura por la noche debería verse celeste y azul. La vegetación turquesa sería verde y la rosas marrones serían rojas. Sólo pocos colores quedarían en su sitio, los más poderosos, los más brillantes. Toda la sociedad de ese tiempo se esforzaría por engañar a su vista y por fin lo lograrían.
Los colores son, nada más ni nada menos, que percepciones de la mente. Nuestro cerebro le manda las señales a nuestros ojos para que proyecten las tonalidades. Entonces qué pasaría si todos los habitantes de las civilizaciones, por miedo a ser rechazados por los sabios, lograran modificar aquella zona de los impulsos cerebrales para por fin ver los colores elegidos. Así como nuestras mandíbulas se alteraron cuando evolucionamos, ciertos músculos se atrofiaron y nuestro cuerpo sufrió modificaciones ¿No podría pasar eso también con la mente? Y si muchos pequeños nacen con deformidades ¿No podrían nacer algunos sin aquella forzada reforma de años atrás?
Es mucho más fácil marginar siguiendo a la masa que pensar e ir contra ella. Sin embargo nosotros catalogamos a estas como teorías locas. Vemos tanto y tan poco a la vez que nos negamos rotundamente a estas suposiciones. Nos rehusamos rotundamente a aceptar cualquier punto de vista que no sea el general, sin detenernos a pensar
que en ocasiones ninguna de las versiones es la equivocada.