
Un paso tras otro en aquella calle. El viento es un látigo despiadado contra su cara. Sus propios brazos la envuelven como un capullo mientras pisa el suelo de manera firme, decidida a llegar al nebuloso lugar del que no tiene idea. Un paso tras otro piensa y es invadida por un torrente de sensaciones. Imperceptibles gotas mojan su cabello, su abrigo de lana, el frío pasa hacia su ropa haciéndola temblar ligeramente. Pero está acostumbrada a él ¿Cómo no estarlo si es prácticamente su forma de vida? Como una partida de ajedrez que va ganando. Puede ser sencillo predecir los movimientos del oponente, pero no así lograr evitarlos y allí, cuando el adversario se encuentra acorralado y sus intenciones son absolutamente visibles, allí cuando al fin saca las desesperadas garras y golpea con todas sus fuerzas en el centro del pecho para llevarse consigo por lo menos un fragmento de honor; es cuando la victoria pierde gran parte de su satisfacción.
Es que el vacío del daño no se completa por haber dañado más, las palabras no se borran cubriéndose con otras. No existe venganza certera en un estado de guerra con uno mismo. En ese golpe final que le asestan ella pierde algo de su alma, más allá de que lo único que quede luego sea esperar la muerte del atacante.
Sin embargo las heridas se curan. El mismo frío se encarga de dejarlas allí estáticas hasta convertirlas en indoloras. Primero por obra de la anestesia, luego simplemente gracias al tiempo. Ese tiempo que pasa mientras ella camina dando un paso tras otro.
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