Es una verdad universalmente reconocida que las cosas existen por sì mismas gracias a su opuesto. Lo bello no sería bello sin lo feo y la felicidad no sería tal sin el dolor. Pero toda esta reflexión parece carecer de punto. No realmente.
Porque todos sabemos que aunque no podamos definirla, la felicidad nos hace sentir plenos, nos llena. Pero ¿Y el dolor? Ahí nos encontramos con el principal problema. Años, siglos, dos milenios (según el calendario cristiano que es el que yo sigo por costumbr) de aparente evolución. Pero cuando se trata de este asunto, escritores, filósofos y pensadores interesados quedan sin palabras. Y yo desde mi ínfimo lugar de joven post adolescente inexperta, no puedo evitar preguntarme, ¿cuál es la mejor forma de recuperarse del dolor?.
Claramente encontramos muchas opiniones sobre esto. Tenemos diferentes propuestas. Podríamos calificar las más populares como:
A) Llorar hasta el cansancio. Dice ser una de las maniobras más efectivas. Pero ¿Por qué? Es decir, llorar y volverse un robot autómata que anda sin aliento por la vida no va a hacernos sentir menos ese vacío. Esa angustia que fabrica su pequeño huequito en el estómago y se aloja ahí. Entonces tendríamos que pensar otra cosa.
B)Seguir adelante. A cualquier costo. No demostrar nada. Tal vez pretender que estamos bien, esa mentira piadosa, va a provocar que terminemos creyéndolo. Pero Frida Kahlo una vez dijo que las penas que uno encierra, devoran desde adentro. Y en lo personal pienso que tenía razón.
Pero si nada es suficiente. Si el dolor se propaga poco a poco y nos ahoga y nosotros en vez de una cuerda firme tenemos un trozo de tela ya mojado ¿Qué hacer? Están esas personas que dicen poder superar todo en un abrir y cerrar de ojos. Pero yo no sé cuál es su secreto. No puedo comprender a esos héroes anónimos que pueden controlar tan adecuada y prácticamente sus sentimientos. Y eso que lo he intentado. Miles de veces quiero convencerme de que "todo está en la mente" y que si se aparta la concentración la salida se encuenta fácil. En vano. Será que mi mente es algo laberíntica. O la de todos.
La única afirmación que se acerca a ser algo más que una suposición es que todavía no se descubrió una manera universal de ahuyentar el dolor de nosotros. Y para todos aquellos que en este momento sientan ese pequeño y angustioso insecto en sus entrañas, lamento informarles que no creo que vaya a haber algún avance en este tipo de descubrimiento.
Sin embargo así como nos hemos sentido perdidos y adoloridos, con ganas de tirar todo por la borda, también hemos aprendido que al final, con el tiempo, con esfuerzo, la sensación se va.
Entonces podemos concluir que a pesar de que no exista un método general, que lo hay, lo hay. Sólo es cuestion de encontrarlo, y cuando lo hayas hecho, vas a haber conocido una parte más de vos mismo. Cada individuo tiene sus propias armas para enfrentar al dolor. ¿Las mías? Llorar unos minutos, secarme las lágrimas, escuchar los ramones muy fuerte y escribir.